L. J. SMITH DESPERTAR CRÓNICAS VAMPIRICAS 01
Added by @SalvatoreCullen on Jul 20, 2009 at 10:18:40pm
CapÃtulo 1
4 de septiembre
Querido diario:
Algo horrible va a suceder hoy.
No sé por qué escribà eso. Es de locos. No hay ningún motivo para que me sienta inquieta y
todos para que sea feliz, pero...
Pero aquà estoy a las 5.30 de la mañana, despierta y asustada. No hago más que decirme
que simplemente sucede que estoy hecha un lÃo debido a la diferencia horaria entre Francia y
aquÃ. Pero eso no explica por qué me siento tan asustada. Tan perdida.
Anteayer, mientras tÃa Judith, Margaret y yo volvÃamos del aeropuerto en coche, tuve una
sensación muy extraña. Cuando giramos en nuestra calle, pensé de repente: «Mamá y papá
nos están esperando en casa. Apuesto a que estarán en el porche delantero o en la sala de estar
mirando por la ventana. Deben de haberme echado mucho de menos».
Lo sé. Es de locos.
Pero incluso cuando vi la casa y el porche delantero vacÃo seguà sintiendo lo mismo. SubÃ
corriendo los escalones y llamé con la aldaba. Y cuando tÃa Judith abrió con la llave me
precipité adentro y simplemente me quedé en el vestÃbulo escuchando, esperado oÃr a mamá
bajar por la escalera o a papá llamando desde el estudio.
Justo entonces, tÃa Judith soltó ruidosamente una maleta en el suelo detrás de mÃ, lanzó un
enorme suspiro y dijo: «Estamos en casa». Margaret rió. Y me invadió la sensación más
horrible que he tenido jamás. Nunca me he sentido tan total y completamente perdida.
Casa. Estoy en casa. ¿Por qué suena eso como una mentira?
Nacà aquÃ, en Fellʹs Church. Siempre he vivido en esta casa, siempre. Esta es mi misma
vieja habitación, con la leve marca de quemadura en las tablas del suelo donde Caroline y yo
intentamos esconder cigarrillos en quinto grado y estuvimos a punto de asfixiarnos. Puedo
mirar por la ventana y ver el enorme membrillo al que Matt y los chicos treparon para colarse
en la fiesta de pijamas de mi cumpleaños hace dos años. Ésta es mi cama, mi silla, mi tocador.
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Pero en estos momentos todo me parece extraño, como si yo no perteneciera aquÃ. Soy yo la
que está fuera de lugar. Y lo peor es que siento que hay algún lugar al que pertenezco, sólo que
no logro encontrarlo.
Ayer estaba demasiado cansada para ir a Orientación. Meredith recogió mi programa por
mÃ, pero yo no tuve ganas de hablar con ella por teléfono. TÃa Judith dijo a todos los que
llamaban que tenÃa jet lag y dormÃa, pero me observó durante la cena con una curiosa
expresión en el rostro.
Tengo que ver a la pandilla hoy, no obstante. Se supone que debemos encontrarnos en el
aparcamiento antes del instituto. ¿Estoy asustada por eso? ¿Les tengo miedo?
Elena Gilbert dejó de escribir. Contempló fijamente la última lÃnea que habÃa
escrito y luego meneó la cabeza, con la pluma cerniéndose sobre el pequeño libro con
tapa de terciopelo azul. Luego, con un gesto repentino, alzó la cabeza, y arrojó pluma
y libro a la gran ventana mirador, donde rebotaron inofensivamente y aterrizaron
sobre el tapizado asiento interior que habÃa al pie de la ventana.
Todo era tan totalmente ridÃculo...
¿Desde cuándo ella, Elena Gilbert, habÃa tenido miedo de reunirse con gente?
¿Desde cuándo la habÃa asustado nada? Se puso en pie y, llena de enfado, introdujo
los brazos en un quimono de seda roja. Ni siquiera echó una ojeada al trabajado
espejo Victoriano sobre el tocador de madera de cerezo; sabÃa lo que verÃa. Elena
Gilbert, rubia, esbelta y fantástica, la que marcaba tendencias, la alumna de último
curso de secundarÃa, la chica que todos los chicos deseaban y que todas las chicas
querÃan ser. La chica que justo en aquellos momentos mostraba una cara de pocos
amigos y tenÃa los labios apretados.
«Un baño caliente y un poco de café y me tranquilizaré», pensó. El ritual matutino
de darse un baño y vestirse resultó relajante y se lo tomó con parsimonia, revisando
los nuevos conjuntos traÃdos de ParÃs. Finalmente eligió una combinación de un top
rojo y unos shorts blancos de lino que le daban un aspecto muy atractivo. «Bastante
apetitosa», pensó, y el espejo mostró una muchacha con una sonrisa inescrutable. Sus
anteriores temores se habÃan desvanecido, olvidados.
—¿Elena? ¿Dónde estás? ¡Llegarás tarde al instituto! —La voz ascendió débilmente
desde abajo.
Elena volvió a pasar el cepillo por su melena sedosa y la sujetó atrás con una cinta
de un rojo intenso. Luego cogió su mochila y descendió la escalera.
En la cocina, Margaret, de cuatro años, comÃa cereales sentada a la mesa, y tÃa
Judith cocinaba algo en los fogones. TÃa Judith era la clase de mujer que siempre
parecÃa vagamente aturallada; tenÃa un rostro delgado y afable y un cabello claro y
lacio echado hacia atrás descuidadamente. Elena le dio un beso en la mejilla.
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—¡Buenos dÃas a todo el mundo! Lamento no tener tiempo para desayunar.
—Pero, Elena, no puedes salir asà sin comer. Necesitas tus proteÃnas...
—Comeré una rosquilla antes del instituto —respondió ella con vivacidad.
Depositó un beso en la rubia cabeza de Margaret y dio la vuelta para marcharse.
—Pero, Elena...
—Y probablemente iré a casa de Bonnie o Meredith después de clase, de modo
que no me esperéis para cenar. ¡Adiós!
—Elena...
Elena estaba ya en la puerta principal. La cerró tras ella, cortando las distantes
protestas de tÃa Judith, y salió al porche delantero.
Y se detuvo.
Todas las malas sensaciones de la mañana volvieron a abalanzarse sobre ella. La
ansiedad, el miedo. Y la certeza de que algo terrible estaba a punto de ocurrir.
La calle Maple estaba desierta. Las altas casas victorianas parecÃan extrañas y
silenciosas, como si todas estuvieran vacÃas por dentro, como las casas de un plató
abandonado. ParecÃan vacÃas de gente, pero llenas de extrañas cosas vigilantes.
Eso era: algo la vigilaba. El cielo sobre su cabeza no era azul, sino lechoso y opaco,
como un cuenco gigante vuelto boca abajo. El aire era sofocante, y Elena tuvo la
seguridad de que habÃa ojos observándola.
Vio algo oscuro en las ramas del viejo membrillo que habÃa frente a la casa.
Era un cuervo, tan inmóvil como las hojas teñidas de amarillo de su alrededor. Y
era la cosa que la observaba.
Intentó decirse que era ridÃculo, pero en cierto modo lo sabÃa. Era el cuervo más
grande que habÃa visto nunca, gordo y brillante, con arcos iris centelleando en sus
plumas negras. PodÃa ver cada detalle con claridad: las ávidas garras oscuras, el
afilado pico, el individual y centelleante ojo negro.
Estaba tan quieto que podrÃa haber sido un modelo en cera de un ave colocado
allÃ. Pero mientras lo contemplaba fijamente, Elena se sintió enrojecer poco a poco, el
calor ascendiendo en oleadas por la garganta y las mejillas. Porque... la miraba a ella.
La miraba del modo con que los chicos la miraban cuando llevaba un bañador o una
blusa muy fina. Como si la desvistiera con los ojos.
Antes de darse cuenta de lo que hacÃa, ya habÃa soltado la mochila y cogido una
piedra de la entrada.
—¡Fuera de aquÃ! —dijo, y oyó la temblorosa cólera de su propia voz—. ¡Vamos!
¡Vete! —Con la última palabra, arrojó la piedra.
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Hubo una explosión de hojas, pero el cuervo remontó el vuelo indemne. Las alas
eran enormes y hacÃan tanto ruido como toda una bandada de cuervos. Elena se
acuclilló, repentinamente presa del pánico, cuando el ave aleteó justo por encima de
su cabeza, alborotando sus cabellos rubios con el viento producido por las alas.
Pero volvió a alzarse abruptamente y describió un cÃrculo, una silueta negra
recortada en el cielo blanco como el papel. Luego, con un graznido ronco, giró y se
marchó en dirección al bosque.
Elena se irguió despacio, luego miró en derredor, cohibida. No podÃa creer lo que
acababa de hacer. Pero ahora que el pájaro se habÃa ido, el cielo volvÃa a parecer
normal. Un leve viento agitó las hojas, y Elena aspiró profundamente. Calle abajo,
una puerta se abrió y varios niños salieron en tropel, riendo.
Elena les sonrió y volvió a tomar aire, sintiendo que una sensación de alivio la
inundaba igual que la luz solar. ¿Cómo podÃa haber sido tan estúpida? Era un dÃa
hermoso, que prometÃa mucho, y nada malo iba a suceder.
Nada malo iba a suceder; excepto que llegarÃa tarde al instituto. Toda la pandilla
la estarÃa aguardando en el aparcamiento.
Siempre podÃa contarles a todos que se habÃa detenido para arrojarle piedras a un
mirón, se dijo, y casi soltó una risita divertida. Eso sà les darÃa algo en que pensar.
Sin siquiera una mirada atrás al membrillo, empezó a andar tan de prisa como
pudo calle abajo.
El cuervo se abrió paso violentamente por entre la parte superior de un roble
enorme, y la cabeza de Stefan se alzó de golpe de un modo reflejo. Cuando vio que
no era más que un pájaro, se relajó.
Sus ojos descendieron hasta la blanca figura flácida en sus manos, y notó que el
rostro se le crispaba con pesar. No habÃa querido matarlo. HabrÃa cazado algo mayor
que un conejo de haber sabido lo hambriento que estaba. Pero, claro, eso era justo lo
que lo asustaba: no saber nunca lo fuerte que serÃa el hambre, o qué tendrÃa que hacer
para satisfacerla. TenÃa suerte de haber matado sólo a un conejo en esa ocasión.
Se puso en pie bajo los viejos robles, con la luz del sol filtrándose hasta sus
cabellos rizados. En téjanos y con una camiseta, Stefan Salvatore tenÃa todo el aspecto
de un alumno normal y corriente de secundaria.
No lo era.
Se habÃa internado en lo más profundo del bosque, donde nadie podrÃa verlo, para
alimentarse, y en aquellos momentos se pasaba la lengua a conciencia por encÃas y
labios, para asegurarse de que no habÃa ninguna mancha en ellos. No querÃa correr
riesgos. Ya iba a ser bastante difÃcil llevar a cabo aquella mascarada.
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Por un momento se preguntó, una vez más, si no deberÃa dejarlo correr. Quizá
deberÃa regresar a Italia, de vuelta a su escondite. ¿Qué le hacÃa pensar que podÃa
reincorporarse al mundo de la luz diurna?
Pero estaba cansado de vivir en sombras. Estaba cansado de la oscuridad y de las
cosas que vivÃan en ella. Sobre todo, estaba cansado de estar solo.
No estaba seguro de por qué habÃa escogido Fellʹs Church, en Virginia. Era una
ciudad joven, según su criterio; los edificios más antiguos los habÃan levantado hacÃa
sólo un siglo y medio. Pero recuerdos y fantasmas de la guerra de Secesión todavÃa
vivÃan allÃ, tan reales como los supermercados y los locales de comida rápida.
Stefan apreciaba el respeto por el pasado y pensaba que podrÃa llegar a gustarle la
gente de Fellʹs Church. Y a lo mejor —sólo a lo mejor— podrÃa encontrar un lugar
entre ella.
Jamás le aceptarÃan por completo, desde luego. Una amarga sonrisa curvó sus
labios ante la idea. SabÃa bien que no podÃa esperar eso. Jamás habrÃa un lugar al que
pudiera pertenecer por completo, donde pudiera ser realmente él.
A menos que eligiera pertenecer a las sombras...
Desechó la idea violentamente. HabÃa renunciado a la oscuridad; habÃa dejado
atrás las sombras. Estaba borrando todos aquellos largos años y empezando otra vez,
hoy.
Advirtió que todavÃa sostenÃa el conejo. Con suavidad, lo depositó sobre el lecho
de hojas secas de roble. A lo lejos, demasiado lejos para que el oÃdo humano lo
captara, reconoció los sonidos de un zorro.
«Apresúrate, camarada cazador —pensó entristecido—. Te espera el desayuno.»
Al echarse la chaqueta sobre los hombros, reparó en el cuervo que lo habÃa
perturbado antes. SeguÃa posado en el roble y parecÃa observarle. HabÃa algo que
resultaba impropio en él.
Empezó a lanzar un pensamiento de sondeo en su dirección, para examinar al ave,
y se detuvo. «Recuerda tu promesa —pensó—. No usarás los Poderes a menos que
sea absolutamente necesario. No a menos que no haya otra posibilidad.»
Moviéndose casi en silencio por entre las hojas y las ramitas secas, se encaminó
hacia el linde del bosque. Su coche estaba aparcado allÃ. Miró hacia atrás una vez y
vio que el cuervo habÃa abandonado las ramas y saltado sobre el conejo.
HabÃa algo siniestro en el modo en que extendÃa las alas sobre el cuerpo blanco y
flácido, algo siniestro y triunfal. A Stefan se le hizo un nudo en la garganta y estuvo a
punto de volver atrás para ahuyentar al pájaro. Con todo, tenÃa tanto derecho a
comer como el zorro, se dijo.
Tanto derecho como él mismo.
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Si volvÃa a tropezarse con el ave, echarÃa una mirada en su mente, decidió. Por el
momento, apartó los ojos de él y corrió a través del bosque, con expresión decidida.
No querÃa llegar tarde al instituto de secundaria Robert E. Lee.